Nunca se me ha dado demasiado bien empezar algo así, supongo que será porque las primeras impresones son las que más cuentan, aunque esto no va de quedar bien, asíque rompo el hielo con algo tan tonto como que te echo de menos.
Aún recuerdo el día en que nos perdimos por Madrid, cuando lo único que importaba es que nos habíamos encontrado. Que te encontré.
Antes de eso solo conocía los sueños que visitaban mi almohada de vez en cuando y a los monstruos que atormentaban mi descanso hasta que el despertador me salvaba de aquellos cortos de terror.
Pero una fría tarde de Enero llegaste tú, y llegó tu sonrisa, y aprendí a soñar sin necesidad de cerrrar los ojos; los monstruos fueron sustituidos por un miedo iracional a que te marchases y que una mañana cualquiera ya no recuerde tu perfume, tu peculiar forma de rascarte la nariz o como fingías enfadarte... pero en seguida me salva el verde de tus ojos, el idioma que esconden tus lunares y como tan solo poniéndome de puntillas puedo viajar entre las constelaciones que se esconden en tus labios.
Y entonces necesito que alguien me pellizque, porque aunque me enseñaste a soñar despierta sin olvidarme de las realidad... a veces se me olvida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario