Tú, la sonrisa más tímida de Preciados, el atardecer que anhela el Templo de Debod un miércoles cualquiera de febrero.
Eres la vida por la que se corren mis venas, el kilómetro 0 de mis días, el noviembre más cálido.
Eres la primevera de la que se enamoraría cualquier poeta; eres el puente y yo la suicida que moriría en tus ojeras.
Eres la Plaza Mayor en pleno diciembre, el paseo más bonito del Retiro, el corazón mas transitado de Atocha, el último autobús de Plaza Elípta, el espectaculo más esperado de Gran Vía, la envidia de todos los cuadros del Prado, la azotea más cara del centro, la octava maravilla y el onceavo precipicio más alto - sin contar tus clavículas.
Eres la vida que se escapa entre mis dedos (porque les faltan los tuyos), eres la legañas de mis lunes, la película de los domingos y el sábado más esperado por los cines de Callao.
Eres ese 14 de febrero los 365 días del año, y el 31 de diciembre cada noche. Eres el sol de un 4 de abril y la tormenta de un 26 de agosto.
Eres el monumento más fotografiado de Roma y toda la poesía que se escribe en Paris.
Eres, eres... eres todo menos esos labios que echarme a la boca un martes cualquiera.
Así que ven, que no sé ser sin serte, sin hacerte, sin rimarte, sin quererte.
Ven, y hagamos que las calles de esta puta ciudad se mueran de celos una vez más...
Ojalá algún día llegues a entender que eres el desastre más bonito que arrasó mi vida, y entonces, sólo entonces, lamernos las heridas que un día nos hizo Madrid.
«Tú, mi punto débil. Tú, mi punto fuerte.»
lunes, 17 de febrero de 2014
Lo que nunca me atreví a decirte.
martes, 24 de diciembre de 2013
III. Parco.
No soy parco.
No tenéis ni idea.
Veis a una persona y ya creéis saberlo todo sobre ella. Os montáis la película. Esto, y aquello, y lo otro. Todos sois psicólogos. Oh, sí. Hasta el más tontolculo se cree especial. Pero si ni siquiera os conocéis a vosotros mismos, ¿cómo esperáis saber ni tan solo un poco de los demás? ¿A qué jugáis? Cada menda es un triángulo y tiene tres lados: uno, cómo cree que es; dos, cómo piensa que le ven los demás; y tres, cómo es en realidad. Y ninguno coincide.
¿Qué vais a contarme?
Yo no juego a nada. Solo estoy.
De momento, aquí.
Y no soy parco.
Tal vez raro. O eso dicen. Raro de narices. Porque pienso, porque leo, porque soy diferente y lo sé, porque me gusta la música de los 60, y, sobre todo, la de los primeros 70, la buena música, la de los tiempos gloriosos. Me llaman antiguo. La madre que los parió... Antiguo por preferir al Boss, a Hendrix, a Dylan, al Morrison, y a Queen, Pink Floyd o Led Zeppelin por encima de los caretos de hoy. Antes había honestidad.
Hoy es todo marketing, falsa gloria.
No, no soy parco.
Si pudierais entrar en mi cabeza, si pudierais abrirme en canal, como a los tiburones para ver la de mierda que son capaces de tragar, os encontraríais con un torrente. Pero no pienso regalaros mi tiempo, mi vida, mi sangre, mi energía. ¿Para qué? Ya habéis decidido. Vosotros a un lado del muro, y yo al otro. Sobro.
Sobré desde el primer día en que llegué.
(...)
No soy duro, tengo miedo, pero eso ellos no lo saben. Y es bueno que sea así. No tengo nada. Mis manos desnudas. Si supieran que hasta el más valiente se caga de miedo alguna vez, o siempre, aunque finja pasar de todo igual que los payasos lloran por dentro mientras ríen por fuera...
Cabrones, los payasos.
¿Parco?
De cada tres palabras que se dicen siempre sobran dos.
Y con la que queda te la ganas.
Te dan de hostias.
Jueces, curas, políticos, policías, tertulianos, padres, maestros, guías, profetas, demagogos, dioses, ya hablan por todos nosotros desde sus estrados, púlpitos, tribunas, radios, salas de estar, centros de meditación, libros sagrados, oráculos y cielos. Todos a una.
Y te dan consejo.
Yo te aconsejo, hijo mío...
Y el dedo que sacuden delante de ti te saca un ojo.
Todo Dios quiere salvar al prójimo y ni siquiera se da cuenta de que no puede salvarse ni a sí mismo.
Tranquilo.
Respira.
Me comeré toda la rabia y luego...
Sssh...
No tenéis ni idea.
Veis a una persona y ya creéis saberlo todo sobre ella. Os montáis la película. Esto, y aquello, y lo otro. Todos sois psicólogos. Oh, sí. Hasta el más tontolculo se cree especial. Pero si ni siquiera os conocéis a vosotros mismos, ¿cómo esperáis saber ni tan solo un poco de los demás? ¿A qué jugáis? Cada menda es un triángulo y tiene tres lados: uno, cómo cree que es; dos, cómo piensa que le ven los demás; y tres, cómo es en realidad. Y ninguno coincide.
¿Qué vais a contarme?
Yo no juego a nada. Solo estoy.
De momento, aquí.
Y no soy parco.
Tal vez raro. O eso dicen. Raro de narices. Porque pienso, porque leo, porque soy diferente y lo sé, porque me gusta la música de los 60, y, sobre todo, la de los primeros 70, la buena música, la de los tiempos gloriosos. Me llaman antiguo. La madre que los parió... Antiguo por preferir al Boss, a Hendrix, a Dylan, al Morrison, y a Queen, Pink Floyd o Led Zeppelin por encima de los caretos de hoy. Antes había honestidad.
Hoy es todo marketing, falsa gloria.
No, no soy parco.
Si pudierais entrar en mi cabeza, si pudierais abrirme en canal, como a los tiburones para ver la de mierda que son capaces de tragar, os encontraríais con un torrente. Pero no pienso regalaros mi tiempo, mi vida, mi sangre, mi energía. ¿Para qué? Ya habéis decidido. Vosotros a un lado del muro, y yo al otro. Sobro.
Sobré desde el primer día en que llegué.
(...)
No soy duro, tengo miedo, pero eso ellos no lo saben. Y es bueno que sea así. No tengo nada. Mis manos desnudas. Si supieran que hasta el más valiente se caga de miedo alguna vez, o siempre, aunque finja pasar de todo igual que los payasos lloran por dentro mientras ríen por fuera...
Cabrones, los payasos.
¿Parco?
De cada tres palabras que se dicen siempre sobran dos.
Y con la que queda te la ganas.
Te dan de hostias.
Jueces, curas, políticos, policías, tertulianos, padres, maestros, guías, profetas, demagogos, dioses, ya hablan por todos nosotros desde sus estrados, púlpitos, tribunas, radios, salas de estar, centros de meditación, libros sagrados, oráculos y cielos. Todos a una.
Y te dan consejo.
Yo te aconsejo, hijo mío...
Y el dedo que sacuden delante de ti te saca un ojo.
Todo Dios quiere salvar al prójimo y ni siquiera se da cuenta de que no puede salvarse ni a sí mismo.
Tranquilo.
Respira.
Me comeré toda la rabia y luego...
Sssh...
Este texto es un fragmento del libro Parco de Jordi Sierra i Fabra.
miércoles, 6 de noviembre de 2013
II. Soñar(te).
Nunca se me ha dado demasiado bien empezar algo así, supongo que será porque las primeras impresones son las que más cuentan, aunque esto no va de quedar bien, asíque rompo el hielo con algo tan tonto como que te echo de menos.
Aún recuerdo el día en que nos perdimos por Madrid, cuando lo único que importaba es que nos habíamos encontrado. Que te encontré.
Antes de eso solo conocía los sueños que visitaban mi almohada de vez en cuando y a los monstruos que atormentaban mi descanso hasta que el despertador me salvaba de aquellos cortos de terror.
Pero una fría tarde de Enero llegaste tú, y llegó tu sonrisa, y aprendí a soñar sin necesidad de cerrrar los ojos; los monstruos fueron sustituidos por un miedo iracional a que te marchases y que una mañana cualquiera ya no recuerde tu perfume, tu peculiar forma de rascarte la nariz o como fingías enfadarte... pero en seguida me salva el verde de tus ojos, el idioma que esconden tus lunares y como tan solo poniéndome de puntillas puedo viajar entre las constelaciones que se esconden en tus labios.
Y entonces necesito que alguien me pellizque, porque aunque me enseñaste a soñar despierta sin olvidarme de las realidad... a veces se me olvida.
Aún recuerdo el día en que nos perdimos por Madrid, cuando lo único que importaba es que nos habíamos encontrado. Que te encontré.
Antes de eso solo conocía los sueños que visitaban mi almohada de vez en cuando y a los monstruos que atormentaban mi descanso hasta que el despertador me salvaba de aquellos cortos de terror.
Pero una fría tarde de Enero llegaste tú, y llegó tu sonrisa, y aprendí a soñar sin necesidad de cerrrar los ojos; los monstruos fueron sustituidos por un miedo iracional a que te marchases y que una mañana cualquiera ya no recuerde tu perfume, tu peculiar forma de rascarte la nariz o como fingías enfadarte... pero en seguida me salva el verde de tus ojos, el idioma que esconden tus lunares y como tan solo poniéndome de puntillas puedo viajar entre las constelaciones que se esconden en tus labios.
Y entonces necesito que alguien me pellizque, porque aunque me enseñaste a soñar despierta sin olvidarme de las realidad... a veces se me olvida.
viernes, 27 de septiembre de 2013
I. La asignatura de sus caricias.
Qué más me da situar el norte o el sur, si contigo perdí toda orientación.
Y tú, prometiendo ser mi brújula, y yo, siendo tu colchón en las noches de Luna llena, menguante o creciente, qué más da, si siempre la eclipsas.
Y te juro que de ser asignatura, tendría matrícula de honor en la geografía de tus lunares.
8 rojos, 25 negros y uno en el último de los dedos, prueba de que eres el invierno de mi vida - y que me perdonen todos esos poetas enamorados de la primavera, pero la mágia de tu sonrisa a microscopio los días de lluvia supera a cualquier estación.
Vérsame, bésame, rímame, lo que sea pero algo.
Porque estoy a dos recuerdos de echarte de menos y a cinco pasos de un desgastado marco con tu sonrisa, con la mía (más bien tuya).
Estoy a tres canciones de rendirme, pues me niego a seguir hablando de ti mientras eres sin serme, sin hacerme.
Que en lengua podría analizar morfosintácticamente la tuya, y me quedaría sin metáforas intentando explicar el impulso nervioso que me paraliza cada vez que me colocas el pelo tras la oreja.
Y qué sabrán todos esos poetas de amor y revolución si no conocen tu forma de hacerme ni cómo haces al amor o incluso a la guerra.
Eso sí que es revolución.
No tienen ni idea de versos tristes si no te han visto ir o no nos observaban desde algún vagón del metro de Madrid mientras nos despedíamos cada tarde.
Que las matemáticas me gustan más desde que me enseñaste a restar cuerpos y multiplicar orgasmos.
Que no hay reacción química más bonita y complicada de explicar que la de mi cuerpo tensado cuando me rozas o lo nula que se vuelve la gravedad cuando me miras y supero en torpeza al Coyote.
Y te digo que llevo media vida estudiando otros idiomas y en cuestión de minutos ya me conocía a la perfección el de tus ojos, tus manías y mi favorito, el de tus susurros.
Te he soñado tanto hasta el punto de que incluso mi almohada se ha enamorado de ti, cosa que volvería loco a cualquier filósofo.
Pero sin duda alguna, mi asignatura favorita es física, porque sabes armarme a la perfección y conoces la fuerza exacta a la que tienen que acariciarme tus dedos para que nada más importe.
Y qué más dará todo lo demás, si nunca había tenido tantas ganas de seguir estudiando(te).
Y tú, prometiendo ser mi brújula, y yo, siendo tu colchón en las noches de Luna llena, menguante o creciente, qué más da, si siempre la eclipsas.
Y te juro que de ser asignatura, tendría matrícula de honor en la geografía de tus lunares.
8 rojos, 25 negros y uno en el último de los dedos, prueba de que eres el invierno de mi vida - y que me perdonen todos esos poetas enamorados de la primavera, pero la mágia de tu sonrisa a microscopio los días de lluvia supera a cualquier estación.
Vérsame, bésame, rímame, lo que sea pero algo.
Porque estoy a dos recuerdos de echarte de menos y a cinco pasos de un desgastado marco con tu sonrisa, con la mía (más bien tuya).
Estoy a tres canciones de rendirme, pues me niego a seguir hablando de ti mientras eres sin serme, sin hacerme.
Que en lengua podría analizar morfosintácticamente la tuya, y me quedaría sin metáforas intentando explicar el impulso nervioso que me paraliza cada vez que me colocas el pelo tras la oreja.
Y qué sabrán todos esos poetas de amor y revolución si no conocen tu forma de hacerme ni cómo haces al amor o incluso a la guerra.
Eso sí que es revolución.
No tienen ni idea de versos tristes si no te han visto ir o no nos observaban desde algún vagón del metro de Madrid mientras nos despedíamos cada tarde.
Que las matemáticas me gustan más desde que me enseñaste a restar cuerpos y multiplicar orgasmos.
Que no hay reacción química más bonita y complicada de explicar que la de mi cuerpo tensado cuando me rozas o lo nula que se vuelve la gravedad cuando me miras y supero en torpeza al Coyote.
Y te digo que llevo media vida estudiando otros idiomas y en cuestión de minutos ya me conocía a la perfección el de tus ojos, tus manías y mi favorito, el de tus susurros.
Te he soñado tanto hasta el punto de que incluso mi almohada se ha enamorado de ti, cosa que volvería loco a cualquier filósofo.
Pero sin duda alguna, mi asignatura favorita es física, porque sabes armarme a la perfección y conoces la fuerza exacta a la que tienen que acariciarme tus dedos para que nada más importe.
Y qué más dará todo lo demás, si nunca había tenido tantas ganas de seguir estudiando(te).
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